lunes, 14 de mayo de 2012

EL LIENZO DERRUIDO DEL MURO DE LA CALLE ALFONSO VIII DE CUENCA DEBE SER RECONSTRUIDO TAL COMO ERA


Ante las numerosas noticias aparecidas durante los últimos meses sobre diferentes propuestas de intervención en el lienzo de muro derruido de la calle Alfonso VIII de nuestra capital provincial, la Real Academia Conquense de Artes y Letras, en cumplimiento de sus obligaciones y de los fines que por su propia condición y estatutos tiene encomendados, y tras haber tratado el tema en su última asamblea general, desea manifestar:

1.- El muro de las calles Andrés de Cabrera y Alfonso VIII, que discurre desde la Puerta de San Juan al arranque de la calle de Mosén Diego de Valera (Zapaterías) es producto del Plan de Antonio Carlevaris de 1893 que preveía, como así se cumplió entre ese mismo año y 1916, la completa demolición de todas las casas existentes en la acera izquierda, en el sentido de subida, de dichas calles para ensanchar sus calzadas. Ese muro reemplazó las fachadas de los edificios derruidos en un proyecto urbanístico que englobaba los accesos a la plaza del Carmen desde la zona de la antigua Iglesia de San Juan Bautista y desde la propia calle de Alfonso VIII.

2.- Ese muro, con la hiedra que desde hace muchos años lo reviste, vino a conformarse como una novedosa y afortunada interpretación de jardín vertical y ha constituido y  sigue constituyendo para varias generaciones de conquenses y visitantes  una de las imágenes urbanas más identificables y apreciadas del paisaje interior de la ciudad de Cuenca, y representa una unidad urbanística plenamente consolidada que no debe sufrir alteración alguna en detrimento de sus valores ambientales, históricos y paisajísticos.

Por consiguiente, la Real Academia Conquense de Artes y Letras propone que la parte de ese muro hoy derruida sea recompuesta de nuevo tal y como estaba anteriormente. En caso de que las actuales dificultades económicas sean impedimento para ello, la propuesta de la RACAL es que esa reconstrucción tal cual era debe ser un objetivo irrenunciable a cumplir cuando las circunstancias lo permitan, arbitrándose entre tanto, y siempre de modo provisional, las medidas de seguridad y accesibilidad que correspondan, que nunca deberán ser consideradas como una solución definitiva.

Esta propuesta de la Real Academia Conquense de Artes y Letras – acompañada del un texto más extenso que a continuación se reproduce en este mismo blog y en el que se explicitan con mayor detalle las razones que la sustentan - ha sido presentada al Ayuntamiento de Cuenca, a la Comisión de Patrimonio, al Consorcio Ciudad de Cuenca y a la Asociación Hispania Nostra. 

SOBRE EL MURO DE LA CALLE ALFONSO VIII DE LA CIUDAD DE CUENCA


Con el transcurso de los días, desaparecidas la inquietud y conmoción primeras derivadas de la ruina e ineludible derribo de este singular elemento urbano de nuestra ciudad histórica, parece haber quedado este tema relegado a un segundo plano en las preocupaciones de ciudadanos y autoridades municipales. Por su estatuto, la Real Academia Conquense de Artes y Letras se debe al estudio y defensa del patrimonio cultural y artístico de la ciudad y provincia de Cuenca. En consecuencia, aunque no ha sido consultada hasta ahora por las autoridades municipales acerca del modo de enfocar la necesaria restauración de la brecha urbanística producida en tan singular paraje, nuestra corporación quiere poner de manifiesto unas cuantas ideas relativas a los proyectos presentados por el Ayuntamiento a la consideración de los ciudadanos.
Las ciudades son, de suyo, elementos sociales vivos, creados por acuerdo originario e iniciativa expresa para que las personas vivan y convivan amparadas en ellos. Como sus habitantes, nacen, padecen a lo largo del tiempo deterioros de muy diverso signo y, de forma inexorable, se ven abocadas a desaparecer cuando por completo dejan de prestar espacio físico a las diversas relaciones sociales, económicas o políticas que las hicieron nacer.
Sólo cabe evocar aquí la primordial misión defensiva y administrativa que recibió Cuenca en sus orígenes medievales. Sobre el baluarte se definió la primera estructura y organización del espacio. Vino luego un prometedor crecimiento económico, traducido en simétricas magnitudes demográficas y urbanísticas que con ingenio supieron asentar sus protagonistas en lo arriscado del sitio. Empobrecida y despoblada, decayó después la ciudad, para llegar a los albores del siglo XX postrada del todo. Arruinados los barrios de antaño y apenas expandida aún la ciudad baja, la supervivencia de la alta quedaba entonces ligada sin alternativa a la mejora en el tráfico interno. El acceso a la población había mejorado con la apertura a finales del siglo XVIII de la calle Ancha –hoy de Palafox-, pero el eje central que llevaba hasta la Plaza Mayor desde el arranque de la calle de San Juan se veía entorpecido por lo angosto de la vía, flanqueada de casas demasiado próximas, encaramadas a los escalones tallados sobre la pendiente meridional del crestón calcáreo.
Para franquear el tráfico de vehículos y personas, decidieron las autoridades municipales de entonces  expropiar y derribar las casas que en la calle de Alfonso VIII confinaban con el barrio de Zapaterías y el Carmen. Se ensanchó de manera notable el espacio viario y fue restañada de forma digna y hasta casi monumental la tremenda herida infligida a aquella porción de construcciones, eviscerada del caserío conquense como se diría con lenguaje del siglo XIX. Tampoco eran aquellos tiempos de bonanza económica para Cuenca, pero una excelente albañilería guiada por la prudencia en la visión urbanística confirió a este tramo de la calle principal de la parte antigua su aspecto, sobrio e imponente a la vez.
Tan sólo la luz de la arqueología parece guiar hoy cualquier proyecto restaurador. A nadie se le debería ocultar que la razón está en un mal entendido imperativo legal. Se explicaría así que en dos de los proyectos ofrecidos a la consideración de la ciudadanía conquense, antes de proceder a su hipotética ejecución, se proponga dejar patente la roca viva antes oculta. No cabe duda de que en ella se observan unas pocas huellas de las intervenciones urbanísticas realizadas quizá desde época medieval y sería muy interesante el trazar de manera minuciosa y profesional una cartografía del espacio que permitiera aclarar algo de cuanto la documentación medieval y moderna de archivo arroja acerca del trazado viario de la zona. No todo es, sin embargo, buscar referencias en las actuaciones municipales de fines del siglo XIX o principios del XX buscando contrastar lo que las prospecciones arqueológicas en superficie ponen de manifiesto. Esto es muy simple, por más que justifique cualquier proyecto engrosando sin más su volumen sin demasiado criterio. El análisis serio y fehaciente del pasado de una ciudad histórica implica a los historiadores del arte, además de a los arqueólogos, a los historiadores y a los geógrafos y cabría achacar a negligencia no aunar los conocimientos que cada uno de ellos pudiesen aportar sumándolos a los de los técnicos en arquitectura o urbanismo cuyos proyectos hayan de ofrecer soluciones para mantener la herencia recibida.
Cabe aún añadir, quizá una obviedad, que en materia de restauración y conservación de un monumento o un espacio, como es el caso, cada intervención se produce también en el tiempo, fruto del mismo, y termina por formar parte del objeto sometido a tratamiento. Las actuaciones anteriores, al integrarse históricamente en tal objeto marcan y determinan su futuro sin que puedan obviarse de manera displicente en aras de una gratuita novedad difícil de explicar o justificar con solidez. No proponemos que se dejen las cosas como estaban por conservadurismo inapelable, ni invocando tampoco a cualquier género de inmovilismo estético. Reconstruir el muro derribado tal cual era y sabemos gracias a sus imágenes fotográficas, aunque sea la solución más cara, supondría reconocerse ahora en el respeto con que, quizás excepcionalmente, supieron tratar a su ciudad los munícipes de hace un siglo. No es un muro medieval, ya lo sabemos, se trata, ni más ni menos, que de una solución adoptada en el pasado con suma dignidad y enorme economía de medios. Tan sólo un criterio basado en el pintoresquismo frívolo querría mostrar a propios y extraños una especie de paisaje urbano después de una batalla. Las ciudades se componen básicamente de elementos constructivos de diversa manera utilitarios, ya domésticos, ya monumentales. La nuestra se vio sometida durante siglos a un proceso de decadencia y de ruina que abrió en ella espacios vacíos sólo a tales luces comprensibles. Criterios higiénicos o de modernización hubo también buscando mejorar la vida al vecindario y luego, cuando no derrotismo y desidia miope, autoritarismo improvisado, justificado en un tipismo que de puro lugareño se hace estrafalario.
Y aún así, sigue siendo bellísima la ciudad de Cuenca y toda ella un libro abierto donde interpretar con ojo avisado desde el pasado el presente, sabiéndose cada uno en su sitio y tiempo frente al hacer de antaño. Háganse catas en buena hora. Cartografías arqueológicas que nos informen, siquiera de forma tentativa e hipotética, acerca de  cuantas huellas del pasado oculta el subsuelo, pero no se deje gratuitamente al aire ninguna porción más del esqueleto urbano. Una ciudad está hecha de casas y no tiene sentido por ello anular lo arquitectónico para hacer emerger la geología bruta donde aquellas se sustentan. Periclitó hace tiempo el criterio decimonónico de hacer exentos edificios que nunca lo estuvieron ni fueron como tales concebidos para acentuar una sobrevenida monumentalidad impensada por sus autores. Las ciudades se estratifican, acumulan la huella de actuaciones promovidas por cada generación al paso de los años y los siglos. Por poner un ejemplo cercano. El Alcázar de Cuenca y su recinto amurallado sirve de sostén a las casas que fueron sobre él construidas en tiempos de paz asentada. Fruto de un tiempo concreto, ¿son menos legítimas por más modernas que la construcción a la que se adosaron? Despreciarlas y destruirlas no dignifica al monumento anterior, antes lo desarraiga del fluir de la historia, lo desconecta del uso y sentido que las sucesivas generaciones le fueron otorgando sirviéndose de él para sus necesidades. Las adiciones sufridas por un edificio con carácter monumental no son sino nuevos testimonios del quehacer humano, la huella de la historia a la que mirar con respeto ilustrado.
La legitimidad de la conservación de las ruinas radica en el juicio histórico que merecen y se les otorga como testimonio del hacer humano. Las novedades muy difícilmente dejan de ser agresivas y nuestros tiempos oscilan entre el acomplejado conservadurismo a ultranza y una especie de adanismo genialoide que se considera legitimado en sus ofertas de intervención, no por minimalistas y acaso más económicas, -lamentable criterio de estos días nuestros- menos agresivas. 

lunes, 7 de mayo de 2012

TARDES DE LA ACADEMIA: LEONARDO DA VINCI Y FERNANDO YÁÑEZ DE ALMEDINA





EL PROFESOR IBÁÑEZ ANALIZA LA INFLUENCIA DE LEONARDO DA VINCI EN FERNANDO YÁÑEZ DE LA ALMEDINA

La influencia de la obra de Leonardo da Vinci en la pintura española del Renacimiento y en especial en la producción de un artista tan ligado a Cuenca como el ciudadrrealeño Fernando Yánez de Almedina será el tema de la conferencia que hoy lunes 7 de mayo, a partir de las 20 horas, pronunciará en el salón de actos del Centro Cultural Aguirre de la capital conquense el catedrático e historiador del arte Pedro Miguel Ibáñez, dentro de las denominadas “Tardes de la Academia” que periódicamente organiza la Real Academia Conquense de Artes y Letras.
Doctor en Historia del Arte por la Universidad Autónoma de Madrid, catedrático de la Universidad de Castilla-La Mancha, miembro numerario de la Real Academia Conquense de Artes y Letras, de la que fue director entre 2005 y 2010, académico correspondiente de la Real Academia de la Historia y vocal de la Comisión Provincial del Patrimonio Histórico de Cuenca, Pedro Miguel Ibáñez ha sido uno de los comisarios de la recientemente clausurada muestra “Da Vinci, El Genio”, organizada con gran éxito en el Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid. En concreto se encargó en ella de la sección en la que precisamente se analizaba “La huella de Leonardo” tanto en Italia como en España y para la que el Canal de Isabel II, patrocinador de la exhibición, sufragó la restauración de algunos cuadros de Yánez de Almedina, entre ellos “La Adoración de los Magos” y “La Piedad”, ambos de la catedral de Cuenca. Cuenta en su haber con más de un centenar de publicaciones, entre ellas títulos como Documentos para el estudio de la pintura conquense del Renacimiento, Pintura conquense del siglo XVI, Fernando Yáñez de Almedina (la incógnita Yáñez), Arquitectura y poder. Espacios emblemáticos del linaje Albornoz en la ciudad de Cuenca, La vista de Cuenca desde el oeste (1565), de Van den Wyngaerde, La vista de Cuenca desde la hoz del Huécar (1565), de Van den Wyngaerde, Orígenes de la Semana Santa (siglos XVI-XVII). o La iglesia de la Virgen de la Luz y San Antón, y el barroco conquense. Su charla irá apoyada por la proyección de una nutrida serie de imágenes.